Y no pedía mucho por aquellos días. Tan solo llegar a casa, tirarme en la cama, y descubrir que mi sudadera olía como ella. Recordarla un poco. Como si fuese capaz de olvidarla. Pero de ese modo la sentía aun a mi lado, abrazándome.
Que a veces, de tanto que la quería, hacía daño. Y yo también necesitaba un abrazo que me dijera "Tranquilo, estaré aquí aun cuando todos se hayan ido. Te querré aun cuando no tenga fuerzas para hacer otra cosa, cuando menos lo merezcas". Ese abrazo no llegaba.
Sonreía porque era más simple, más sencillo que llorar. Pero por dentro sentía la tormenta.
No era facil. Nadie dijo que lo fuera. Y por momentos me siento buscando respuestas a preguntas que aun desconozco. Perdido. Confuso.
Y aun en esos momentos, llego a casa, me tiro en la cama, y lo único que hago es quererla. Y recordarla. En mi sudadera.
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