Adios de arena

Se levantó y sacudió sus ropas tras la caida tratando de limpiarlas. Si algo le había enseñado la vida era que si estás solo, debes levantarte solo, sin esperar ayuda, no puedes quedarte tirado en el suelo esperando un milagro. Aquel desierto parecía eterno, y él estaba perdido. Le preocupaba no lograr encontrar la salida antes de morir o de volverse loco.
Continuó andando. Había dunas hasta donde le alcanzaba la vista, y el calor era sofocante. Su cantimplora guardaba aún unas últimas gotas de agua, pero solo servirían para humedecer su lengua. De pronto, le pareció vislumbrar un oasis. Tomó la decisión de pasar de largo, estaba convencido de que se trataba de otro espejismo y de que de nuevo, terminaría por beber arena.
Su lengua estaba ya demasiado seca, su cabeza cubierta horas antes con un ropaje húmedo comenzaba a arder y amenazaba con derretirse. Sabía que no encontraría la salida de aquel desierto, que sucumbiría como hicieron tantos otros en su lugar.
Pasó sus últimas horas recordando el motivo por el que acabó allí. Todas las personas a las que quiso le dieron la espalda. Tal vez lo único que necesitaba era un abrazo de ella, un abrazo que le refrescase y que le diera de beber, pero ella se había ido.
Él estaba en casa, recogiendo las cosas que ella se dejó. Pero aquella parte de él, la que la quiso como si no fuese a haber otra, la que creyó en sus amigos como si fuesen sus pilares, aquella parte estaba en un desierto, luchando sin exito por permanecer vivo y recordando la causa por la que estaba muriendo. No hubo suerte aquel día. También hay días negros.

Pasado, Presente y Futuro.

Recordaba aquellos tiempos en los que teníamos muy mejores amigos, para siempre. Donde la mayor ofensa era una patada o un insulto. La broma más graciosa era posiblemente una zancadilla. En los que si una chica te gustaba, le insultabas, solo para que se fijase en ti, para que supiera que existías. Cuando jugabas al fútbol y te creías Ronaldinho o Raúl, Maradona o Zidane. Cuando todo era más fácil.

Echando la vista atrás, contemplando el camino dejado a nuestras espaldas, veo demasiados amores que prometían ser eternos, demasiadas Julietas de otros Romeos. Tantos amigos que prometían mundos y al final se fueron sin despedirse. Aquellos Todo, que se esfumaron convirtiéndose en Nada.
Y con esto vamos creciendo. No con los años sino con los daños. Dejamos de pisar estrellas y comenzamos a pisar en la Tierra. Bajamos de las nubes donde huíamos de las preocupaciones. Y a veces nos tiraban, no nos daban la opción de bajar de ahí arriba. Porque a veces no es más que una opción, querer crecer. Entender que no nos van a dar las cosas hechas en esta vida. Que hay tiempo de sonreír, pero que las lágrimas son inevitables. Que la única persona que estará siempre a tu lado, serás tú mismo, y a veces te faltarán fuerzas para ello. Que los amigos son escasos, y ese término se emplea muy a la ligera. Que los "te quiero" se los lleva el viento, al igual que las promesas, y solo quedan los hechos, porque vale más actuar que prometer. Que de bueno a tonto hay un pequeño paso, y yo, bailo frecuentemente sobre ese margen. Que pocas personas darán la cara por ti, aun sabiendo que se la van a partir. Descubriremos que aun estando rodeados, podemos estar solos. Que aunque entendamos algo, podemos no ser capaces de explicarlo. Todo en esta vida es subjetivo, y cada uno tiene una forma de entender el mundo, y ninguna es más válida que otra. Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

 Pasaremos la vida intentando descubrir cómo vivir, y cuando descubramos cómo hacerlo, ya será tarde. La vida no es un valle de lágrimas, ni tampoco es un paraíso. No siempre será Invierno, y el Verano tampoco es eterno. A vivir se aprende viviendo. Viviendo y luchando.
No podemos vivir mirando el pasado ni planificando el futuro. El presente se nos escapa. Somos dueños de nuestro destino, y esa es una gran responsabilidad.

Llamada desesperada

Buenos días mundo. Fui capaz de susurrar con la boca pequeña. No sabía cómo había podido sobrevivir a aquella noche sin haber tenido unas buenas noches como Dios manda. Había pasado de vivir, a simplemente sobrevivir. Y aquello debía cambiar, ya había demasiados heridos. Yo era el primero. Estaba roto. Nadie podía reconstruirme, pero me creía entero aun estando a trozos. Más entero que el resto, al menos. No lloraba, y empezaba a ahogarme por dentro. No reía, y la alegría comenzaba a tornarse en ira y frustración. Levantaba los brazos, no por estar contento, sino quizá intentando llamar la atención, aunque soy incapaz de señalar de quién, tal vez de nadie. Porque todo llega a parecer poco, y el todo nunca llega. Porque en cada beso empecé a dar una vida y en cada abrazo, todo el calor que tenía. Pasaba frío. Y a pesar de las camisetas, jerseys y cazadoras, no era capaz de recuperarme. Tal vez no fuera ese el calor que necesitaba. Y cada vez era menos capaz de conseguir sonrisas que me mantuviesen vivo. Perdía agilidad y destreza, templanza y paciencia... vida. ¿En qué besos, en qué abrazos quedaron?
Quizá, una de esas sopas de pollo que todo lo curan. O una mantita y un chocolate con churros, al lado de una ventana en un día lluvioso, celebrando el estar dentro y no fuera. Ya no entendía cuál sería la medicina que me salvase. Lo pedía todo sin decir nada.

Necesito un salvavidas. Un salvavidas a este interior, donde no para de llover. Donde el verano ya queda lejano. Donde todo parecen precipicios, y rezo por no caer y morir ahogado.
El verde de la esperanza, con la llegada del otoño ha empezado a marchitarse.
Nunca es tarde. Pero la espera empieza a ser larga. Se que nada es imposible, no hay nada inalcanzable. Pero empiezo a empequeñecer.