Era una noche fría y oscura. El mundo se había colapsado y todo lo que existía era caos. Ya no le quedaban sueños, los había gastado todos, mas solo uno pudo hacerse realidad, ella. Se acostó en la cama, a su lado, el único lugar donde encontraba la paz, el único lugar donde era feliz y el único lugar donde se encontraba con fuerzas para atreverse a soñar. Atreverse a imaginar mundos mejores, donde quizá él pudiera ser alguien... solo a su lado. Porque ella era tanto, que él ya no existía sin su presencia, ella le daba sentido a su existencia. Ella le hacía volar con una simple mirada.
Ella. Ella era una historia, un amor, un regalo, un sueño, una vida. Una vida que merecía la pena vivir. Los días comenzaban y acababan a su lado.
Todo empezaba con el amanecer, triste y que solo ella, acurrucada sobre su pecho, dormida, tierna y dulce, podía iluminar. Cada mañana él debía marcharse, y lo único que esperaba era poder volver a su lado, para poder descubrir de nuevo la alegría y el calor que solo ella podía darle en cada abrazo. El Sol salía y se ocultaba a su lado, eso era lo único que importaba, en un mundo sumido en el caos.
Él la amaba. La amaba más que a su vida. Ella era su vida.
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