Adios de arena

Se levantó y sacudió sus ropas tras la caida tratando de limpiarlas. Si algo le había enseñado la vida era que si estás solo, debes levantarte solo, sin esperar ayuda, no puedes quedarte tirado en el suelo esperando un milagro. Aquel desierto parecía eterno, y él estaba perdido. Le preocupaba no lograr encontrar la salida antes de morir o de volverse loco.
Continuó andando. Había dunas hasta donde le alcanzaba la vista, y el calor era sofocante. Su cantimplora guardaba aún unas últimas gotas de agua, pero solo servirían para humedecer su lengua. De pronto, le pareció vislumbrar un oasis. Tomó la decisión de pasar de largo, estaba convencido de que se trataba de otro espejismo y de que de nuevo, terminaría por beber arena.
Su lengua estaba ya demasiado seca, su cabeza cubierta horas antes con un ropaje húmedo comenzaba a arder y amenazaba con derretirse. Sabía que no encontraría la salida de aquel desierto, que sucumbiría como hicieron tantos otros en su lugar.
Pasó sus últimas horas recordando el motivo por el que acabó allí. Todas las personas a las que quiso le dieron la espalda. Tal vez lo único que necesitaba era un abrazo de ella, un abrazo que le refrescase y que le diera de beber, pero ella se había ido.
Él estaba en casa, recogiendo las cosas que ella se dejó. Pero aquella parte de él, la que la quiso como si no fuese a haber otra, la que creyó en sus amigos como si fuesen sus pilares, aquella parte estaba en un desierto, luchando sin exito por permanecer vivo y recordando la causa por la que estaba muriendo. No hubo suerte aquel día. También hay días negros.

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