Buenos días mundo. Fui capaz de susurrar con la boca pequeña. No sabía cómo había podido sobrevivir a aquella noche sin haber tenido unas buenas noches como Dios manda. Había pasado de vivir, a simplemente sobrevivir. Y aquello debía cambiar, ya había demasiados heridos. Yo era el primero. Estaba roto. Nadie podía reconstruirme, pero me creía entero aun estando a trozos. Más entero que el resto, al menos. No lloraba, y empezaba a ahogarme por dentro. No reía, y la alegría comenzaba a tornarse en ira y frustración. Levantaba los brazos, no por estar contento, sino quizá intentando llamar la atención, aunque soy incapaz de señalar de quién, tal vez de nadie. Porque todo llega a parecer poco, y el todo nunca llega. Porque en cada beso empecé a dar una vida y en cada abrazo, todo el calor que tenía. Pasaba frío. Y a pesar de las camisetas, jerseys y cazadoras, no era capaz de recuperarme. Tal vez no fuera ese el calor que necesitaba. Y cada vez era menos capaz de conseguir sonrisas que me mantuviesen vivo. Perdía agilidad y destreza, templanza y paciencia... vida. ¿En qué besos, en qué abrazos quedaron?
Quizá, una de esas sopas de pollo que todo lo curan. O una mantita y un chocolate con churros, al lado de una ventana en un día lluvioso, celebrando el estar dentro y no fuera. Ya no entendía cuál sería la medicina que me salvase. Lo pedía todo sin decir nada.
Necesito un salvavidas. Un salvavidas a este interior, donde no para de llover. Donde el verano ya queda lejano. Donde todo parecen precipicios, y rezo por no caer y morir ahogado.
El verde de la esperanza, con la llegada del otoño ha empezado a marchitarse.
Nunca es tarde. Pero la espera empieza a ser larga. Se que nada es imposible, no hay nada inalcanzable. Pero empiezo a empequeñecer.
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