Le asustaba despertar. Su momento preferido del día era la noche, porque podía descansar de su día a día. Podía huir. El problema aparecía junto con el Sol, al amanecer. Salía del calor de su cama, donde se sentía seguro.
Estaba atado a hacer lo que debía hacer. La rutina como forma de vida. No había dos días iguales, pero todos los días eran lo mismo. El sentimiento de responsabilidad vencía cada mañana. Era lo único que ya conocía. Había olvidado el sabor que tenían los sueños. Lo único que conocía ya, era la lucha día tras día. Luchaba por seguir vivo, pero había perdido el objetivo en esa vida. Simplemente luchaba porque morir le asustaba aun más que vivir. Tarde o temprano se agotaría. Creía haber encontrado su meta en la lucha diaria, donde se sentía un caballero más del medievo. Pero cada noche, con cada puesta de Sol, volvía a su cama, demacrado, y se acurrucaba de nuevo bajo las mantas, como buscando huir, como si tratara de volverse invisible. Y es que sin darse cuenta, ya se había cansado de luchar. Lo que más le atemorizaba ahora, era el despertador, que señalaba el inicio del nuevo día. Un día que podría ser el último. Y así, transcurrían los días.
No vivía un día más. Restaba días para su muerte, que cada vez ansiaba con más fuerza, que cada vez le atemorizaba menos.
Una vida sin amor, más allá que hacia el hecho de seguir vivo, sin metas, no merece ser vivida.
Escribió su propio destino, pero era un analfabeto.
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