Eras...

Empezaste siendo el sueño que cualquiera quisiera tener. Imaginé que algún día llegarías, aunque no sabía cuándo, ni dónde, ni quién. Llegaste.
A veces los sueños nos vienen grandes, pero yo sabía que podía, me lo merecía y que no iba a dejarlo escapar. Fue entonces cuando aposté por mi, aposté por ti, y aposté por un Nosotros.
Desde ese momento nunca dejé de dudar. De dudar sobre si todo lo que había vivido antes de aquel instante había sido real o si podía catalogarse siquiera como vivir. Si alguna vez antes de eso había amado realmente, o si había sido de verdad feliz. Si alguna vez había brillado tanto.

No te tuve a mi lado todas las horas que me hubiese gustado, pero seamos realistas, no había horas en este mundo que cubrieran tal necesidad. Disfruté cada momento, cada instante, cada día, cada historia, cada plan, cada aventura. Luego nos despedíamos. Cada hora que pasaba sin respirarte, se convertía en la espera más larga que había vivido; pero hablábamos a todas horas, sabía de ti, si estabas bien, y siempre trataba de sacarte una sonrisa y darte todo lo que me era posible para que supieras que no me cabía en el pecho todo lo que sentía, ya estuviéramos a 1cm (la distancia máxima recomendada entre nuestros labios) o a 10km (la distancia que se interponía entre tu puerta y la mía).
Fuiste como una tormenta, de las fuertes. Pero que no destruyó. No entonces. Me dejé arrollar. A pesar de que ya desde el principio fuimos diferentes, eso nunca importó, porque siempre encontrábamos motivos por los que querer, y creer.
Con el tiempo llegué a creer que aquel regalo que éramos duraría siempre, porque no era capaz de concebir que aquello pudiera llegar a terminar. No me imaginaba sin ti. Es curioso que habiendo vivido más sin ti que contigo, me hubiera olvidado de lo primero.

En aquel tiempo fuiste muchas cosas.
Eras mi primer pensamiento al despertar, y mis primeros “Buenos días” del día, y oye, con solo eso el día ya era mejor. Eras esos labios que siempre quería besar, esos brazos en los que siempre quería cobijarme. Eras esa sonrisa que siempre quería ver crecer. Eras esos ojos en los que me quería ahogar. Eras ese pensamiento que ocupaba mi cabeza 25 horas al día. Eras quien me hacía ser mejor persona. Eras el motivo de cada una de mis sonrisas. Eras esa mano de la que no me quería soltar. Eras todas las primeras veces que compartimos. Eres ese futuro que yo ya había imaginado. Y al acabar el día… eras ese último mensaje de “Buenas noches” y ese último pensamiento antes de dormir, que me aseguraba los dulces sueños.

Pero dejamos de ser.
Nada se había roto, y tal vez eso fue lo que más dolió, mas sabíamos que teníamos que soltarnos. Te convertiste en ausencia. Eras tristeza. Eras horas vacías y pensamientos y recuerdos que dolían. Eras whatsapps que no se enviaban y whatsapps que no se recibían. Eras lágrimas. Eras frío. Eras la frustración de no poder odiar algo que duele.

Tiempo después todo cambia, y dejaste de doler.
Se que fui todo lo mejor que podría haber sido, por eso cuando miro atrás, lo hago con orgullo y con la cabeza bien alta. Ese listón lo dejé muy alto. Fue entonces cuando volviste a ser una sonrisa, la que los recuerdos traían a parar a la orilla del pensamiento. Porque cambiaste, cambié. Porque cambiamos. Crecimos juntos y fuimos muchas cosas. Tú me hiciste feliz, y me convertiste en mejor persona, y quiero creer que hice lo mismo contigo.
Y con todo lo aprendido, volamos.


Empezaste siendo un sueño… y con el tiempo volviste a serlo, pero has cambiado de rostro, has cambiado de nombre y te has mudado a otra historia. Y es que tal vez, y solo tal vez, eras, ese regalo que te da la vida, pero de otra persona que no era yo, y por eso mi sueño es encontrar mi regalo propio.


Ahora eres, mi más bonita cicatriz.



No hay comentarios:

Publicar un comentario