No todo eran sonrisas. No todo será llanto.

Por aquellos días, era más fácil sonreír y fingir que nada malo ocurría que mostrar lo que sentía realmente. Quizás para ahorrar explicaciones, quizás para que no se viesen obligados a mostrar un falso interés en algo que les importaba una mierda. Nadie será feliz por nosotros. Tantos son los que se suben al carro cuando todo va bien... pero desaparecen cuando más se les necesita. Y es que claro, cuando hay luz, aparecen las sombras, pero cuando nos quedamos a oscuras, se desvanecen. Tal vez siguen ahí, pero no alcanzamos a verlas.
Ninguno ve más allá de su propio ombligo.
Y dicen que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, que en ocasiones incluso sobran dedos. Abrimos nuestro corazón a cualquiera, y claro, al salir dan portazos.
Luego, cuando la tempestad amaina, miras arriba, en silencio. Haces un repaso de todo lo que ha ocurrido. Sigues mareado por la velocidad con que ha acontecido todo. Entiendes que sigues vivo, has sobrevivido, que lo que no te mata, te hace más fuerte. Pero ciertamente, algo muere dentro de ti. Quizás el algo que nos hace confiar en la gente, que nos hace ilusionarnos, que nos hace amar. Y cuesta reponerse.
Nadie dijo que la vida fuera fácil, pero merece la pena vivirla. Con el tiempo aprendemos que aunque nos hayamos acostumbrado a los días soleados, los días lluviosos también tienen su belleza. Que tras la tempestad llega la calma, pero que otra tempestad vendrá. Acabamos curtiéndonos. Dicen que las primeras veces duelen.
Muchos pasarán por nuestra vida sin pena ni gloria, otros se quedarán.
Yo siempre soñé con llegar a jubilarme y sentarme en un banco del parque cada día, con la misma gente, esa gente que se quedó, esos que nunca se fueron, para hablar, aunque fuese del tiempo. Si algún día consigo eso, todo habrá merecido la pena. Y si no lo consigo, me quedo con la moraleja.
La vida es algo dura. Pero si está dura... una paja.
Y a dormir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario