Despertó. Aquella tarde no tenía nada mejor que hacer. Era una de esas tardes de domingo, en el sofá. Algunos dormían para eludir la resaca propia de la fiesta de la noche anterior, ella no. Dormía para soñar, eludir la realidad durante unas horas. Ya en otro mundo, el de los sueños, todo comenzó a ser tan perfecto como siempre había deseado. Ese beso bajo la lluvia que nunca le dieron, ese abrazo fuerte cuando estuvo triste y que nadie supo darle, ese alguien que escuchara sus inquietudes, la declaración de amor verdadero que esperó escuchar toda su vida... allí lo tenía todo. Se sentía atrapada en ese mundo del cual no quería escapar. Como Peter Pan y Nunca Jamás.
Luego, siempre llegaba el momento más duro, el momento de partir. Se despedía de sus sueños con un "Hasta luego. Volveré" y siempre volvía.
Ella nunca tuvo vacaciones, nunca viajó a lugares exóticos, a playas eternas, mares cristalinos... no. Nunca lo necesitó. Le bastaba con huir cada noche a aquel mundo, su mundo, donde ella había encontrado la felicidad. No conocía otra felicidad que esa.
Y así, entre sueños y despertares transcurrió su vida. Siempre fue una Julieta. Siempre esperó a su Romeo, un hombre a quien amar, un hombre por quien morir. Él nunca llegó. Quizás, en otro lugar, él también la esperaba a ella. Nunca se encontraron.
Ellos, solo fueron sueños, el uno para el otro. Ese era su mundo, esa fue su felicidad.
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