El corazón me latía con fuerza, apresuradamente. Ella estaba apoyada sobre mi pecho mientras me cogía la mano con fuerza. Yo agarraba también su mano queriendo decirle "no pienso soltarte nunca", mientras acariciaba su pelo suavemente como si le susurrase "confía en mí". Y en esto se pasaban los segundos, los minutos, las horas y las citas. Queriéndonos.
A veces ella miraba su reloj, quizás confiando en que el tiempo no hubiese pasado, en que el final aun nos quedara lejos. Pero la hora de despedirse terminaba llegando siempre.
Cuando me decía adios, mi corazón se realentizaba, amenazaba con pararse, no quería que se fuera. Así que nos despedíamos con un beso, para endulzar ese adios.
Con el tiempo, logré amenizar los momentos sin ella. La extrañaba, pensaba en ella... pero veía sus fotos y nuestras fotos, y no se, como que me sentía menos solo. Miraba al cielo y me imaginaba mirándola a los ojos, esos ojos que me hipnotizaron desde el primer día. Al soñar, soñaba con su sonrisa, la sonrisa que se le dibujaba en la boca tras cada beso. Recordaba sus caricias.
Me enamoraba mientras estaba conmigo, y aprendí a sobrevivir cuando no la tenía a mi lado. De eso se trataba, de supervivencia. Tenía un buen motivo para seguir vivo: volver a verla.
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